Con la Tana fundamos un Club exclusivo: solo dos miembros y casi nada de difusión.
El club funcionaba en un rincón, bien al fondo de la farmacia de papá. Ahí podíamos estar tranquilas. A ese lugar casi no llegaría nadie porque ya no había medicamentos ahí. Era lo que papá llamaba su “oficina”; que también era donde dormía cuando estaba de turno. Un sillón que se hacía cama- que tenía un estampado espantoso, pero era super cómodo. También tenía una biblioteca con portarretratos y fotos de nosotras tres y de los abuelos. Más al fondo, la oficina estaba conectada a una cocinita, en dónde alguna vez también habría hecho preparados como cápsulas y unos polvitos que nunca entendimos bien para qué eran.
No era raro que por ahí sintiéramos algún olor a azufre, porque ahí se guardaban en una estantería vieja esas barritas amarillas.
- "No toqués. Que se rompen de nada, después no sirven y mamá nos caga a pedos."
- "Lo que no entiendo es cómo se saca la contractura con una barrita" le digo en voz baja, mientras casi que toco la caja de barritas de azufre. Creo que si lo digo así, la caja no corre peligro.
"Por eso te digo, que mejor no toqués, después le preguntamos a papá."
La cocina también tiene una ventana mínima rectangular que da al fondo de la casa de un vecino. En eso escucho la voz de alguien jugando en el patio. Me asomo con algo de curiosidad y le digo:
- "Papá dice que tienen un lagarto ahí, ¿qué gente rara no?"
- "Por eso, cerrá y vení acá, dale."
Como el horario de cierre de la farmacia es a las ocho de la noche, creemos que ocho y pico nos iremos a casa. Pero aparece papá:
- "¡Miren lo que les traje! Ya nos vamos, tenemos para un ratito más acá."
Es un paquete de Chizitos enorme. De los más grandes que hay. De esos que solo nos compran para los cumpleaños.
Entonces empieza el Club. Qué felicidad en algo tan simple: este paquete es infinito. Comemos un chizito detrás del otro. Casi sin poder terminar de masticar el anterior, nuestros dedos grasientos vuelven a entrar al paquete a buscar uno más. Y entonces se forma esa mezcla pegajosa entre la baba que tenemos en los dedos y las migas de los chizitos que tocamos. Los dedos se nos llenan de puntitos amarillos brillantes y húmedos. Ahora es un círculo sin fin; el de comer y ensuciarse más y más. En ese momento la Tana hace una pausa. Mira mis dedos, y también los suyos. Yo la imito, como siempre. Todo está lleno de esas pelotitas mínimas amarillas, todo engrasado y empapado de esa mezcla tan asquerosa como rica.
- “¡Tenés los dedos todos chizientos!”, me acusa con su dedo amarillo, riéndose.
- “No. ¡Vos tenés todo chiziento!”, la acuso y la imito, como si yo no estuviera en la misma. Nos reímos fuerte, con esa alegría de tener algo tan único y tan bien compartido. ¡Pero es la alegría de saber que todavía hay más chizitos por encontrar!
Finalmente, nos chupamos los dedos como limpiándonos, pero seguimos comiendo a lo loco. Al terminar el paquete tenemos los huecos de las muelas llenos de todo eso, así que es necesario meter la uña en la muela para sacar más restos chizientos.
Las luces se van apagando y escuchamos el sonido de la cortina metálica bajando. Ya sabemos que dentro de poco mamá y papá vendrán a decirnos que ya es hora de irnos; darán por cerrada abruptamente la reunión, mandándonos al baño a lavarnos las manos.
Por esa época pertenecimos a lo que La Tana un día decidió llamar “El club de las chizientas.”
