miércoles, 23 de octubre de 2024

El Club

Con la Tana fundamos un Club exclusivo: solo dos miembros y casi nada de difusión.

El club funcionaba en un rincón, bien al fondo de la farmacia de papá. Ahí podíamos estar tranquilas. A ese lugar casi no llegaría nadie porque ya no había medicamentos ahí. Era lo que papá llamaba su “oficina”; que también era donde dormía cuando estaba de turno. Un sillón que se hacía cama- que tenía un estampado espantoso, pero era super cómodo. También tenía una biblioteca con portarretratos y fotos de nosotras tres y de los abuelos. Más al fondo, la oficina estaba conectada a una cocinita, en dónde alguna vez también habría hecho preparados como cápsulas y unos polvitos que nunca entendimos bien para qué eran. 

No era raro que por ahí sintiéramos algún olor a azufre, porque ahí se guardaban en una estantería vieja esas barritas amarillas.

- "No toqués. Que se rompen de nada, después no sirven y mamá nos caga a pedos."

- "Lo que no entiendo es cómo se saca la contractura con una barrita" le digo en voz baja, mientras casi que toco la caja de barritas de azufre. Creo que si lo digo así, la caja no corre peligro.

"Por eso te digo, que mejor no toqués, después le preguntamos a papá."

La cocina también tiene una ventana mínima rectangular que da al fondo de la casa de un vecino. En eso escucho la voz de alguien jugando en el patio. Me asomo con algo de curiosidad y le digo:

- "Papá dice que tienen un lagarto ahí, ¿qué gente rara no?"

- "Por eso, cerrá y vení acá, dale."

Como el horario de cierre de la farmacia es a las ocho de la noche, creemos que ocho y pico nos iremos a casa. Pero aparece papá:

- "¡Miren lo que les traje! Ya nos vamos, tenemos para un ratito más acá."

Es un paquete de Chizitos enorme. De los más grandes que hay. De esos que solo nos compran para los cumpleaños. 

Entonces empieza el Club. Qué felicidad en algo tan simple: este paquete es infinito. Comemos un chizito detrás del otro. Casi sin poder terminar de masticar el anterior, nuestros dedos grasientos vuelven a entrar al paquete a buscar uno más. Y entonces se forma esa mezcla pegajosa entre la baba que tenemos en los dedos y las migas de los chizitos que tocamos. Los dedos se nos llenan de puntitos amarillos brillantes y húmedos. Ahora es un círculo sin fin; el de comer y ensuciarse más y más.  En ese momento la Tana hace una pausa. Mira mis dedos, y también los suyos. Yo la imito, como siempre. Todo está lleno de esas pelotitas mínimas amarillas, todo engrasado y empapado de esa mezcla tan asquerosa como rica. 

- “¡Tenés los dedos todos chizientos!”, me acusa con su dedo amarillo, riéndose. 

- “No. ¡Vos tenés todo chiziento!”, la acuso y la imito, como si yo no estuviera en la misma. Nos reímos fuerte, con esa alegría de tener algo tan único y tan bien compartido. ¡Pero es la alegría de saber que todavía hay más chizitos por encontrar! 

Finalmente, nos chupamos los dedos como limpiándonos, pero seguimos comiendo a lo loco. Al terminar el paquete tenemos los huecos de las muelas llenos de todo eso, así que es necesario meter la uña en la muela para sacar más restos chizientos. 

Las luces se van apagando y escuchamos el sonido de la cortina metálica bajando. Ya sabemos que dentro de poco mamá y papá vendrán a decirnos que ya es hora de irnos; darán por cerrada abruptamente la reunión, mandándonos al baño a lavarnos las manos.

Por esa época pertenecimos a lo que La Tana un día decidió llamar “El club de las chizientas.”



Volver a empezar

"Vení. ¿O querés que vaya yo?"

Guido es Guido pero no tiene la cara de Guido. Yo me siento exactamente como ahora por él. Lo miro con admiración y amor. Él habla por teléfono con alguien y se ríe; hablan de mí creo; se burlan. Igual lo miro completamente enamorada, pienso qué suerte tengo. Cuando escriba esto, me acordaré muy claramente de que no es su cara, pero es Guido.

De pronto estamos todos juntos en el mismo dormitorio (como en una especie de ¿pijamada?), mi familia, Guido, todos sus hermanos. Yo estoy embarazada de pocas semanas y la familia lo sabe, todos están muy felices; nosotros también. Entre esta multitud, siento que está la Tana. En el silencio y la oscuridad del cuarto pienso qué angustia debe tener, porque está buscando quedar embarazada hace tiempo y no puede. Pienso y rezo, le pido a dios que cuide su alma. Pero pienso que no es suficiente, que no recé tan fuerte. Y se lo vuelvo a pedir más fuerte, como si pedirle más y más lo hiciera más efectivo. Le pido una y otra vez por favor a Dios que cuide a mi hermana, que le de paz a su alma. Pero la Tana está al lado mío mientras yo rezo en silencio.

De pronto, y tal como si ella estuviera viva de nuevo y nosotras como siempre haciendo telepatía, la Tana rompe el silencio:

- "Si yo no llego a quedar embarazada nunca, les pido a todos que estén orgullosos de mí igual ¿sí?"

Siento que se me anuda todo adentro. Quiero buscar su mano, quiero abrazarla, me agito, me angustio, le quiero decir que todo va a estar bien, que la quiero, me desespero. Grito.

Guido me despierta asustado. Este sí es él, seca mis lágrimas; me abraza. Ya estoy despierta.

Y así, vuelve a aparecer la vieja escena:

- “Vení. ¿O querés que vaya yo?”

La Tana invitándome a su cama, yo toda agitada y asustada, entrando en su refugio, sintiendo el calorcito, la incomodidad de estar pegadas, y después la calma.  En la oscuridad de la noche, con la angustia y la soledad que dejan las pesadillas volver a escuchar su voz me hace recobrar, de a poquito, la paz.

- “¡Me das miedo, boluda! ¡Respirabas como loca! Algún día te voy a grabar, te juro que algún día te grabo y te morís.”

A la mañana repasamos la pesadilla con todos los detalles posibles. La Tana se sienta, apoya el codo en la rodilla y deja el mentón en la mano. Sus dedos aprietan levemente la mejilla. Se sumerge con la mirada, los labios pegadísimos y una minúscula sonrisa sin dientes, de esas que no expresan risa, sino presencia. Yo escupo mil palabras sin parar por un rato hasta que de pronto me frena y dice: 

- "Esperá, me perdí: volvé a empezar."

***

Foto de una noche en la que creo que no tuve pesadillas, pero sí fue una vez en la que ya éramos más grandes, pero igual me invitó a su cama. :D

El Club

Con la Tana fundamos un Club exclusivo: solo dos miembros y casi nada de difusión. El club funcionaba en un rincón, bien al fondo de la farm...